Los viajes de Ulises.  Geografia de La Odisea

INTRODUCCIÓN AL MUNDO HOMÉRICO ( II )


La controversia sobre la realidad o ficción del famoso viaje del héroe homérico Odiseo o Ulises es ya muy antigua. Algunos historiadores y geógrafos griegos daban por hecho que la geografía mítica de la Odisea aludía a lugares reales, aunque difícilmente localizables ("Odiseo, según dicen algunos, anduvo errante por Libia o, como dicen otros, por Sicilia, o en fin, según otros, por el Océano o por el mar Tirreno", Apolodoro, Biblioteca Mitológica, epít. VII,1 y ss.). Historiadores de la solvencia de Polibio de Megalópolis hacen referencia a estos viajes de Ulises y al realismo de Homero, "fantástico pero verosímil" (Historia, libro 34, IV). Para otros geógrafos e historiadores, en cambio, la mayoría de los lugares del supuesto viaje de Odiseo eran tan imaginarios como el viaje mismo. Muy representativa a este respecto es la irónica opinión del geógrafo y astrónomo griego Eratóstenes (siglo II a.C.), según el cual no se llegaría a localizar con exactitud el escenario geográfico de la Odisea hasta que no se lograse "encontrar al talabartero que cosió el saco de los vientos que Eolo entregó a Ulises". Sin embargo, los recursos de la mente humana son a veces tan sutiles como los del propio Ulises-Odiseo, y hoy este enigma en apariencia irresoluble que tan irónicamente proponía Eratóstenes podría resolverlo con bastante facilidad cualquier psicoanalista aficcionado.

Modernamente, la cuestión se sigue debatiendo en parecidos términos. Los eruditos, incapaces de encontrar una explicación verosímil a unos datos míticos, simplemente rechazan toda posibilidad de que ese viaje fuera real. Pero no faltan quienes creen que es posible profundizar en el lenguaje del mito y traspasar racionalmente los límites de lo simbólico, pues el hecho de que los relatos de la Odisea contengan abundantes elementos míticos (gigantes, sirenas, brujas, monstruos marinos, etc) no representa ninguna objección "seria" contra la posible realidad geográfica del relato (estos elementos mitológicos constituirían, en todo caso, el necesario ropaje literario de la narración, por un lado para embellecerla de cara a los profanos -ya que, si el relato hubiera sido una mera descripción geográfica, con el tiempo hubiera perdido todo su interés incluso para los propios griegos-, y por otro lado porque con ello se "disfrazaba" mejor la geografía real y se ocultaba aquello que más se quería mantener en secreto: una ruta de navegación hacia las tierras de occidente). Hoy sabemos, en efecto, que tanto las navegaciones de los griegos del segundo milenio (los micénicos o aqueos) como las de los griegos del primer milenio fueron bastante más amplias de lo que ellos mismos deseaban manifestar, pues las rutas marítimas eran cuidadosamente mantenidas en secreto a causa de los inevitables intereses comerciales y coloniales.

Y el caso es que hay suficientes razones para sostener la realidad de dicho viaje odiseico, y no sólo porque las indicaciones geográficas y topográficas de muchos de esos lugares descritos en el poema resulten a veces sorprendentemente minuciosas y precisas (mucho más de lo que sería necesario para un mero relato de ficción), o porque en las descripciones náuticas del mencionado viaje no haya -como veremos- elementos contradictorios tan importantes que no puedan ser explicados y racionalizados de modo verosímil, sino también por el hecho de que la Odisea no es la única leyenda griega que describe de manera mítica y literaria una ruta o itinerario de navegación hacia tierras de existencia real (ahí tenemos, por ejemplo, el caso del Poema de los Argonautas, que también en clave mítica hacía referencia a otra importante ruta marítima y comercial: la ruta de navegación hacia el Mar Negro y hacia la Cólquide).

Pero es que, además, la propia separación entre una geografía mítica y una geografía real no era para la mentalidad griega arcaica tan radical como puede parecer. Todo el pensamiento racionalista (filosófico, científico, geográfico) se desarrolló en Grecia mediante la contraposición a unos esquemas mentales mitológicos de concepción del mundo, y de hecho los primeros intentos de descripción de las tierras conocidas se contraponían a una concepción necesariamente mítica de las tierras que permanecían ignotas. La Geografía va desarrollándose en Grecia con los relatos de viajeros individuales y con las informaciones de expediciones comerciales o militares que proporcionaban los datos, unos datos que, comparados y sistematizados racionalmente, iban dando forma a un conocimiento cada vez más real, detallado, y sobre todo práctico,de los nuevos países. Pero los límites entre el espacio mítico (o desconocido) y el espacio verdaderamente geográfico (conocido) aparecen a veces confusos y poco definidos, en especial en aquellos casos en que ciertos lugares, conocidos sólo por vagas referencias, son descritos de forma poético-simbólica mediantes diversos elementos y recursos de la mitología. De esa identificación provisionalmente metafórica entre ambas concepciones del espacio geográfico proviene -p.e.- la utilización de numerosos nombres míticos (Europa, Egeo, Pélops, Atlas...) como "conceptos geográficos", primero con carácter metafórico y provisional y luego de modo conceptual y definitivo.

En los poemas homéricos se dibuja ya una primera interpretación del mundo conocido, una interpretación reelaborada de forma metafóricoliteraria pero suficientemente precisa en muchas de sus referencias geográficas. Junto a países desconocidos y lugares remotos de resonancias míticas, abundan los datos geográficos concretos y localizados: numerosas islas y ciudades helénicas, alusiones a Egipto (que es también el nombre que se le da al famoso río de ese país), a Creta, a la isla de Sicilia, a las ciudades fenicias, a Troya, etc. En el siglo IX a.C. el Mediterráneo oriental era ya sobradamente conocido por algunos griegos, y comenzaban por entonces -en directa competencia con los navegantes fenicios- las primeras expediciones griegas a los extremos occidentales de este mar, por el que ya habían navegado los griegos micénicos. Fueron tal vez poderosos intereses comerciales (y especialmente los metalíferos) los más preocupados en seguir manteniendo la niebla del mito para ocultar así esas rutas marítimas y esas nuevas tierras occidentales.

En la Odisea hay, pues, al menos cuatro tipos básicos de "geografía": una geografía real localizable, de nombres perfectamente conocidos (Esparta, Troya, Cítera, Creta, Sicilia, Argos, Micenas, etc); una geografía real no localizada con el transcurso de los siglos, debido a la pérdida de referencias históricas posteriores o al cambio y confusión de nombres (Pilos, Tafos, Témesa, Ítaca, etc); una geografía mítica eventualmente localizable (los diversos lugares míticos del viaje de Ulises: tierra de los lotófagos, país de los Cíclopes, tierra de los lestrigones, isla de Eolo, isla de Circe, isla de las sirenas, Escila y Caribdis, isla Trinacria, isla Ogigia, tierra de los feacios...); y, por último, hay también una geografía mítica ilocalizable (imaginaria, irreal o, al menos, exagerada), procedente de las propias concepciones cosmológicas y de los conocimientos geográficos limitados de los antiguos griegos (por ejemplo, la idea de un Océano rodeando todas las tierras habitables).

El relato homérico no es un "lógos" (una descripción conceptual sistematizada racionalmente), sino un "mito" (una descripción poética, literaria, simbólica y metafórica), y las metáforas -en cuanto que constituyen un referente simbólico- pueden tener a veces una "lectura" o "traducción" al lenguaje conceptual, en este caso al lenguaje geográfico, con diversos significados simbólicos no excluyentes entre sí. Así, por ejemplo, algunos han interpretado el viaje de Ulises como un periplo atlántico; otros lo circunscriben estrictamente al Mediterráneo; y en realidad ambas opciones interpretativas, debidamente fundamentadas y racionalizadas, pueden ser válidas al mismo tiempo. Pero Homero no se deja interpretar fácilmente. En la crítica racionalista moderna parece haber un deseo frustrado y desesperanzado por encontrar la "realidad histórica o geográfica" de los mitos. Y el caso es que estas realidades existen en el mito, y no sólo las históricas y geográficas (recuérdese el caso de la "mítica" Troya), sino también las realidades psicológicas, filosóficas, cosmológicas y otras muy diversas.

Sin embargo, el supuesto mensaje geográfico cifrado que se oculta en la Odisea estaba ya bastante velado también para los griegos de época clásica, como sin duda lo estuvo -en parte- para la mayoría de los griegos de los siglos XI al VIII. Los fracasos, tanto antiguos como modernos, en estas interpretaciones del mensaje geográfico de la Odisea, tal vez se deben a que se han buscado las claves en los propios datos de cada episodio concreto, en lugar de buscar claves de conjunto. Los geógrafos e historiadores griegos de época clásica a menudo re-interpretaron a Homero a su modo, pero siempre con cierta base lingüística, pues al fin y al cabo también eran griegos, y además griegos jonios en su mayoría, es decir, de la misma etnia que los griegos aqueos y que los poetas jonios -los homéridas- que cantaron las hazañas de aquellos héroes legendarios. Las fuentes de esa "interpretación" eran muy variadas: en primer lugar la propia descripción homérica, a menudo "incolora", como si fuese en efecto la descripción de un ciego, pero otras veces muy detallada y precisa; en segundo lugar, las propias leyendas y tradiciones locales, con frecuencia exageradas y no muy exactas, aunque a veces con cierto fundamento histórico; también contaban con la propia tradición común, no escrita pero bien conocida por todos (por ejemplo, la ubicación geográfica de Troya y otros lugares), si bien hay que tener en cuenta que este tipo de geografía mantenida por tradición oral cambia y altera con frecuencia los nombres geográficos con el paso de los siglos; y sobre todo disponían de las propias noticias de geógrafos, historiadores, navegantes y viajeros (los geógrafos jonios, por ejemplo, recogieron abundante información de este tipo). Pero a veces los escritores griegos (y mucho más los latinos) no eran demasiado rigurosos ni en la recogida de datos ni en el análisis de los mismos, pues les interesaba más el contraste de opiniones de los diversos autores, o los datos anecdóticos y sugestivos, que los hechos concretos. Otras veces este gusto por lo sugestivo llevaba a una "erudición popular" que carece de fundamento y de base real: tal es el caso, por ejemplo, de esa "falsa etimología" (recogida por algunos autores romanos) según la cual el nombre de la ciudad de Olisipo (Lisboa) provendría del propio nombre de Ulises, que habría fundado durante su mítico viaje aquella población atlántica (el nombre de Ulises -por cierto- procede de una corrupción oral de origen itálico del nombre griego originario: Odiseo).

Los conocimientos geográficos y náuticos de los griegos venían de antiguo. Los micénicos, que habían aprendido el arte de la navegación de los egeos y cretenses, exploraron el Mediterráneo occidental e incluso establecieron algunos asentamientos provisionales en la península itálica, donde han aparecido numerosos objetos de origen micénico (que llegan incluso hasta el occidente europeo, tal vez no directamente, sino a través del comercio marítimo). Conocemos asimismo las naves micénicas y sus principales técnicas de navegación, así como las de los griegos posteriores. El conocimiento geográfico de todo el Mediterráneo estaba ya completado en los siglos VI y V a.C. (cuando culminan las últimas colonizaciones helénicas). Se hicieron asimismo diversos mapas en las colonias jónicas de Asia Menor (láminas de bronce en las que estaba grabada la representación de todas las tierras conocidas). La colonización griega occidental de los siglos VIII al VI a.C. completó el conocimiento de las costas septentrionales de África y sobre todo de Italia, así como las colonizaciones de las tierras orientales proporcionaron un conocimiento más directo de los fértiles territorios del Mar Negro (sin embargo, todas las colonias griegas fueron siempre costeras, sin penetración en el interior de los territorios colonizados: y es que para los antiguos griegos, que en tierra adentro que no fuera la de su patria se sentían perdidos, el mar era el verdadero camino y puente de comunicación con la Grecia propia). En época del historiador Heródoto, siglo V a.C., el Mediterráneo occidental -aunque dominado por etruscos y cartagineses- era bien conocido de los griegos. Pero en esta época ya nadie era capaz de interpretar con exactitud la geografía mítica de los poemas homéricos.


Mosaico romano de Ostia (barcos y faro costero)
 

Ulises había sido el primer navegante y explorador griego de occidente, si bien antes de él -según la mitología- el semidiós Heracles ya había navegado por aguas atlánticas hasta la ibérica Tarteso en el interior de la copa de oro de Helios (el Sol). Pero detrás de la niebla del mito homérico había sin duda referencias a lugares reales, rutas marítimas y comerciales celosamente guardadas y mantenidas en secreto desde época micénica por marinos y mercaderes griegos. Y si aceptamos ésto, hemos de considerar tres hipótesis previas: primera, que esos lugares míticos, en efecto, existían, pero que en el poema homérico no se dan las suficientes indicaciones precisas para llegar hasta ellos; segunda: que sí se dan, aunque veladamente, tales indicaciones náuticas y geográficas (en cuyo caso, la Odisea contendría unas "claves secretas", un código de una ruta o itinerario marítimo concreto); tercera: que, en efecto, se dan, pero sólo en parte, es decir, no tanto para que cualquiera pudiese emprender ese itinerario, sino sólo para los que ya poseían los datos previos necesarios para completar la totalidad del esquema náutico y geográfico. Las preguntas se suceden: ¿Se trata de datos dispersos e inconexos?, ¿se puede determinar a partir de ellos dicha ruta marítima, o faltan indicaciones?, ¿cuál es el ámbito geográfico de este posible itinerario odiseico?, ¿dónde están esas "claves"?

Las claves, obviamente, están en la propia Odisea: en el contenido narrativo y descriptivo de ésta, no en su estructura métrica y formal, pues -de ser así- ello implicaría que se trata de un código inteligible sólo para poetas. El viaje probablemente no se hizo una sola vez (ni de una sola vez), sino que sería el resultado de diversas navegaciones sucesivas que se remontarían a la época micénica. Ahora bien, sabemos que la composición de la Odisea data de diferentes épocas, por lo cual ese supuesto "código" ha de estar contenido en lo que -a juicio de la crítica filológica moderna- constituye la parte más antigua y homogénea del extenso poema (los cantos IX, X y XII, es decir, los relatos de Ulises en la corte de los feacios, cantos que fueron compuestos por poetas épicos antiguos que sabían de lo que estaban hablando); la propia perfección métrica y formal de esta parte de los poemas impidió sin duda que el núcleo originario del mensaje se alterase con la propia transmisión oral (salvo algunas interpolaciones posteriores que luego veremos) y permitió conservar prácticamente intacto durante varios siglos su mensaje geográfico secreto.

¿Cuál es, pues, la geografía general de ese relato mítico?, ¿se trata de una ruta plenamente mediterránea, o se trata más bien de un itinerario que transcurre por aguas del Atlántico y que llega a alcanzar tierras remotas y septentrionales?. Nosotros vamos a considerar aquí únicamente la hipótesis de un viaje mediterráneo, aunque la hipótesis atlántica no pueda ni deba descartarse, pues parece indudable que los poetas homéricos tenían algo más que vagas noticias de algunas tierras atlánticas (así, por ejemplo, la descripción de Odisea, IV, 563- 569, de los famosos "Campos Elíseos", se ajusta bastante a una somera y exacta descripción general de las Islas Canarias). Pero, si el viaje narrado en la Odisea fue un periplo mediterráneo, en seguida surge una aparente dificultad: ¿para qué encubrir una ruta tan conocida? La respuesta es bien sencilla: porque esa ruta del Mediterráneo occidental no era realmente tan conocida en la época en que se exploró, sino un itinerario todavía secreto que preparaba la colonización de tierras extensas y muy fértiles (especialmente, como veremos, las de la región de Campania y la isla de Sicilia), al tiempo que descartaba otras tierras menos interesantes o habitadas por pueblos hostiles. El caso es que en esas mismas tierras de las andanzas de Odiseo (y no por casualidad) tuvo lugar la colonización griega varios siglos más tarde, prueba evidente de que esos valiosos datos homéricos no sólo no se perdieron del todo, sino que fueron bien interpretados y utilizados por los griegos posteriores, o dicho de otro modo: los griegos que dirigieron las colonizaciones occidentales en el Mediterráneo sabían perfectamente por dónde se movían.

Los poemas homéricos (que son relatos mitológico-legendarios con múltiples funciones plenamente integradas: literarias, antropológicas, etnológicas, psicológicas, históricas, geográficas, etc) salvaron y conservaron oralmente las bases de la cultura helénica (incluida la cultura geográfica) tras el colapso y derrumbe de la civilización micénica, y sirvieron también, en la época griega más arcaica (una época todavía sin escritura) para conservar y transmitir los avances náuticos y los descubrimientos geográficos de aquella primera civilización griega post-micénica, cumpliendo así una función de información geográfica similar a la que siglos más tarde -durante la época de las colonizaciones- realizaría el famoso "oráculo" de Delfos, el más importante centro de datos geográficos y políticos de la Grecia clásica.

Lo que ahora debemos encontrar para confirmar esta idea son esas "claves" escondidas en el poema odiseico, y "traducirlas" a un lenguaje geográfico real, teniendo en cuenta por un lado que el mito (ésto es, la metáfora) no puede conceptualizar ni determinar, sino sólo sugerir, y que por otro lado la metáfora mítica no se agota tampoco con una única interpretación, dado su carácter esencialmente plurisignificativo. Será precisamente en la labor de racionalizar y de enlazar y articular las diferentes sugerencias y lecturas simbólicas del poema donde podremos encontrar un "lógos" o clave racional para su interpretación. Veámos, pues, detenidamente, las diversas etapas de ese mítico y extraordinario viaje.


El país de los cicones y la isla de Cítera

Tras la partida desde Troya, las doce naves de Ulises llegan en expedición pirática a las costas de Tracia, a la ciudad de Ismaro, capital de los tracios cicones. Una vez allí, saquean la ciudad, llevándose tesoros y mujeres, y acampan en las inmediaciones; pero pronto se reúnen grandes masas de cicones de los alrededores, que traban batalla contra los piratas aqueos y los rechazan, obligándoles a retirarse y embarcar.

Estos cicones o ciconios, pueblo tracio, son ya mencionados en la Ilíada (II, 846) como aliados de los troyanos. La ciudad de Ismaro, su principal núcleo habitado, es una ciudad histórica cuyo nombre todavía aparece en las fuentes de época clásica, pero su localización exacta presenta algunas dificultades, pues muy probablemente cambió de nombre y de población, al ser posteriormente colonizada por los griegos. Algunos la identifican con la ciudad de Maronea (actualmente Maronia); la mayoría, sin embargo, se inclina a suponer que corresponde a la posterior colonia griega de Neápolis (actualmente Kavala), al noroeste y enfrente de la isla de Tasos. Esta zona occidental de Tracia fue intensamente colonizada por los griegos en época histórica, debido sobre todo a las grandes riquezas mineras del país (en la época arcaica el hierro se importaba principalmente de Tracia, y posteriormente los atenienses explotaron las minas de plata en el monte Pangeo y en el río Estrimón). Los tracios eran gentes de vida pobre y atrasada, que llevaban vestidos de cáñamo, no de lino (como los griegos), y tenían fama de crueles y poco hospitalarios. Participaron en la guerra de Troya al lado de los troyanos, y su caudillo Reso tenía unos rapidísimos caballos, blancos como la nieve (posible alusión míticometafórica a las riquezas argentíferas del país); Ulises y Diomedes lo mataron durante la guerra y se quedaron con los caballos (Ilíada, X, 470 y ss.).

Tras abandonar el país de los cicones, las naves de Ulises emprenden rumbo hacia el sur y doblan el cabo Malea (en el extremo meridional del Peloponeso) con intención de subir hacia Ítaca, la patria de Ulises. No obstante, un pasaje de la Odisea (IV, 514-518) parece sugerir que, en Homero (al menos en el Homero más antiguo), el cabo Malea no era el que desde época clásica se conoce con este nombre, sino más bien el actual cabo Colomo o incluso el cabo Skyli. Ello explicaría por qué las naves de Agamenón hubieron de doblarlo para llegar a Micenas, como se dice en dicho pasaje (cosa inverosímil si este cabo fuese el actual de Malia), y por qué Ulises se vió desviado por el viento norte de su navegación de cabotaje por la costa helénica occidental (tales transposiciones o confusiones de nombres geográficos antiguos no son infrecuentes). El caso es que, a la altura de la isla griega meridional de Cítera (actualmente Cérigo), se desencadena una violenta tempestad que desvía a las naves de su rumbo. Y allí comienza propiamente lo que algunos consideran el "viaje imaginario de Ulises", y que otros -entre los que nos contamos- preferimos denominar el "itinerario secreto de la Odisea".

El viaje de Odiseo

 

El país de los lotófagos

Durante nueve días los vientos contrarios empujan las naves aqueas, que -en el día décimo- arriban a la tierra de los "lotófagos". No se dan en el texto indicaciones precisas sobre la dirección del viento ni sobre la distancia recorrida. Los "nueve días" de navegación son difíciles de traducir en millas náuticas o en kilómetros recorridos (de ahí que se haya especulado con la posibilidad de que en esos nueve días las naves de Ulises pudieran haber salido del Mediterráneo hasta alcanzar el Atlántico); por otro lado, la expresión "durante nueve días" es ambigua (en otros lugares del poema se habla de "días con sus noches"). Con todo, sobre las distancias recorridas por las naves antiguas y sobre su velocidad relativa tenemos algunos interesantes datos comparativos historiográficos. Se sabe, por ejemplo, que desde Atenas hasta Mileto, en la costa jonia, una nave griega ligera tardaba tres días. En época romana, en que las técnicas de navegación no habían variado sustancialmente, sabemos que desde Biblos hasta los puertos del delta del Nilo las naves tardaban unos cuatro días de navegación. Cuatro días también, tardó el general romano Mario en llegar desde Útica, junto a Cartago, hasta Roma. Y el propio Julio César empleó unas ocho o nueve horas (un tercio del día) en su travesía desde la Galia hasta Britania por el paso de Calais (y con naves cargadas). Todos estos datos, en principio, parecen confirmar que Ulises no llegó a salir del Mediterráneo en esa primera etapa y que tuvo que llegar a un determinado punto de la costa africana. Sin embargo, se trata en todo caso de medidas marítimas relativas y convencionales (en el Canto II, 434, se sugiere que el viaje por mar entre Ítaca y Pilo podía durar entre diez y doce horas, lo cual nos sugiere otro sistema de distancias mucho más amplias).

En todo caso, la expresión homérica "durante nueve días" está estereotipada y se trata evidentemente de una medida itineraria convencional (en línea recta), válida en tanto en cuanto la podamos comparar sobre el papel -sobre el mapa- con otras diversas distancias precisadas también en "días" de navegación y que aparecen en otros lugares del Poema. Según el historiador griego Polibio, que comenta las posibilidades de este itinerario, "los vientos contrarios no llevan en línea recta y -por tanto- Ulises no debió de avanzar una gran extensión de agua (y salir al Océano), ya que para ello habría que suponer un viento regular y constante". Se olvida el historiador de que el viaje de Ulises es -por decirlo así- puramente teórico y que sus distancias marítimas hay que considerarlas en términos meramente indicativos, relativos e ideales, no absolutos. Con la expresión marinera "vientos contrarios" se quiere indicar sin duda que la navegación no es aquí un viaje perfectamente controlado y gobernado, sino un viaje "de azar" aparentemente fortuito, es decir, un viaje "teórico", como ya hemos dicho.

La expresión homérica que viene a continuación, "sobre la superficie del mar abundante en peces" (típica fórmula métrica que aparece en otros lugares del Poema), parece sugerir aquí precisamente que se trata de un recorrido en línea recta, y podría indicar la gran extensión recorrida en mar abierto (pues, obviamente, cuanta mayor distancia marítima recorrida más será también la "abundancia de peces"). Es decir, que las naves de Ulises, desde Cítera, habrían recorrido la máxima extensión marítima que es posible recorrer en línea recta hasta tropezar con tierra firme. En todo caso, es evidente la intención del poeta de no dar tampoco indicaciones demasiado transparentes al respecto.

La tierra de los lotófagos no es una isla, sino un continente (épeiros = tierra firme), que no puede ser otro que la costa septentrional de África. Allí, los aqueos hacen provisión de agua y entran en contacto con los llamados lotó-fagos (="los que comen lotos"), un pueblo cuyo alimento básico son los frutos de unas extrañas flores que provocan en quienes los comen un olvido temporal: algunos de los compañeros de Ulises prueban imprudentemente ese fruto y ya no desean volver a la tierra patria, sino quedarse a vivir entre los lotófagos. Ulises los lleva a rastras hasta las naves y obliga a todos a embarcar, y seguidamente abandonan el país.

El motivo literario de la "flor del olvido" (así como el del "fruto prohibido") es indudablemente un elemento de carácter mítico-simbólico típico de la narrativa folclórica y de la cuentística tradicional y puramente ficticio, y como tal elemento simbólico aparece en numerosos relatos, mitos y cuentos fantásticos de muy diversos pueblos y culturas (en el relato homérico refleja también la primitiva creencia de que los hombres que comen lo que produce la tierra se arraigan en ella). Ahora bien, los geógrafos e historiadores griegos posteriores creyeron reconocer a estos lotófagos en cierto pueblo de la costa septentrional africana, una de cuyas bases alimenticias era el fruto de cierto arbusto de la familia de las ramnáceas semejante al azufaifo, al que los griegos -recordando precisamente este pasaje de la Odisea- denominaron "loto". Con este mismo nombre los griegos designaban también el loto de Egipto (o loto blanco, cuyo fruto globular -por cierto- es parecido a la adormidera), pero la palabra griega "loto" (en su sentido originario, ya desde Homero) designaba sobre todo el trébol común, una planta papilionácea de flores blancas muy abundante en las regiones mediterráneas y empleada generalmente como forraje para el ganado (también las abejas sienten cierta predilección por el néctar de estas flores, y la miel de trébol ha sido siempre muy estimada por su sabor característico). En todos los demás contextos homéricos en que aparece la palabra "loto" es indudable que se refiere a esa conocida planta forrajera (el trébol).

Lo más probable es que la palabra "loto" no se refiera en este pasaje odiseico a ese "azufaifo" o "loto africano" (cuya identificación fue hecha a posteriori por los griegos de época clásica reinterpretando precisamente este pasaje homérico); tampoco parece probable que se refiera al loto de Egipto (como no sea para aludir, por metáfora, a los efectos del fruto de una planta bastante parecida, la adormidera, de donde se extrae una poderosa droga narcótica bien conocida desde la más remota antigüedad: el opio). Más verosímil es que este "loto" homérico se refiera simplemente al trébol común, como en otros pasajes (cf. IV, 603), pero también, al mismo tiempo, como metáfora explicativa y comparativa para designar un árbol exótico desconocido en la Grecia continental pero muy característico de las tierras africanas: la palmera datilífera (acaso porque las hojas e inflorescencias del trébol común pudieran sugerir vagamente diminutas palmeras en miniatura); cabe también la posibilidad de que el término homérico "loto" sirviese en la época más antigua para designar la planta del cáñamo común (designada en épocas posteriores con el nombre de kannabis, término griego procedente de las lenguas semíticas con el que se designó en épocas posthoméricas a la planta que los antiguos textos asirios y mesopotámicos denominan qonnubu o qannabu), y que esta planta del cáñamo (que en griego homérico se llamaría "loto") sirviese a su vez en este pasaje como metáfora de las exóticas palmeras (pues la semejanza es incluso mayor que la que presenta el trébol común con ese árbol). En tal caso, el fruto de esos "lotos" serían simplemente los dátiles (que no eran en absoluto desconocidos en la Grecia micénica, pero no por ello dejarían de ser un fruto exótico particularmente apreciado, aunque no tenía -por supuesto- esos otros "efectos secundarios" a los que se refiere metafórica y poéticamente el relato homérico; por otro lado, este mismo relato explica que el fruto del loto era "dulce como la miel", y los griegos micénicos no podían conocer otro fruto de dulzor semejante como no fueran los higos pasos -nada exóticos, pues se trata de un fruto típicamente mediterráneo- o los propios dátiles). Pero es que además, como es sabido, existe una variedad del cáñamo común, llamada cáñamo índico, de conocidas propiedades embriagadoras y estupefacientes.

Resumiendo esta compleja cuestión polisémica y semántica, podemos decir que el fruto de ese "loto" (del cual -por cierto- no se dice expresamente en el texto que fuera el único alimento de esas gentes, sino que era más bien su alimento básico, el "pan" de esos lotófagos) hemos de considerarlo como un término simbólico y plurisignificativo en el que se entremezclan diferentes motivos míticos y elementos reales asimismo muy diversos: motivos literarios ("flor del olvido", "fruta prohibida"), fruto exótico (dátil, azufaifo), droga narcótica (adormidera) o embriagadora (cannabis índica), etc.

Incluso es posible también una interpretación aun más alegórica (no excluyente de todas las demás que hemos considerado): p.e. que los "lotos" fueran ante todo las propias mujeres de esos lotófagos (en realidad las únicas capaces de hacer que los marineros aqueos "olvidasen" o no echasen de menos su país natal). El historiador Heródoto (Hist., IV, 172) alude a la curiosa y "hospitalaria" costumbre de las mujeres de ciertas tribus bereberes norteafricanas, que se entregaban sexualmente a cuantos se lo pedían, especialmente a los forasteros. Por otro lado, hay también en el texto homérico algunos indicios simbólicos que sugieren esa interpretación: por ejemplo, la propia polisemia en lengua griega del término "viento contrario" (que en griego podía significar también "perniciosas pasiones", "desenfrenos del ánimo" o cosa similar), o el hecho mismo de que las naves aqueas llegasen al país de los lotófagos procedentes de la isla de Cítera (lugar de nacimiento mitológico de la diosa Afrodita, la diosa helénico-mediterránea del Amor y de la pasión erótica, que en época clásica tuvo allí un famoso santuario). También son posibles otras interpretaciones aun más alegóricas y rebuscadas (para intentar en nuestro análisis agotarlas casi todas): por ejemplo, que la alusión a "comer flores y plantas" pudiera referirse simbólicamente al vecino desierto (que se come la vegetación) o que el "olvido de la patria" aluda específicamente a los pueblos nómadas de esas tierras, que como tales carecen de patria fija.

El caso es que sobre los lotófagos históricos hay entre los geógrafos e historiadores antiguos cierta unanimidad, pues casi todos (empezando por el propio Heródoto) coinciden en situarlos en las costas del golfo de Qabes (al sudeste del actual Túnez), concretamente en torno a lo que los antiguos denominaban la "pequeña Sirte". Polibio (I,10) dice expresamente que "la isla de los lotófagos, llamada Meninx (posible referencia a la actual isla de Yerba), está a poca distancia de la pequeña Sirte". En esta zona, de clima semiárido, hubo además algunos intentos de colonización griega que resultaron fallidos. Heródoto (IV, 179) menciona un intento del legendario Jasón para establecerse en esas tierras, pero los libios -dice el historiador, que habla "de oídas"- escondieron cierto trípode sagrado que era necesario para poder conocer los bajíos de la costa (tal vez el "trípode" fuera en realidad, según sugiere el propio contexto, una metáfora de una ruta o "mapa" marítimo definido por tres puntos geográficos localizables sobre el terreno). También Jasón había llegado hasta el golfo de Qabes a causa de una tempestad que lo había desviado de su rumbo, precisamente a la altura de la isla de Cítera, como a Ulises y los suyos.

Pero ya hemos visto que estos lotófagos históricos son el resultado de una reinterpretación a posteriori de ese pasaje de Homero realizada a partir de algún pueblo norteafricano que se alimentaba del fruto del "loto" (es decir, de ese árbol pequeño de madera muy dura cuyo fruto rojizo, comestible, es del tamaño de una ciruela pequeña, y que crece también en estado silvestre en determinadas zonas de España, especialmente en los collados áridos de Murcia y Almería). Es significativo que Heródoto mencione por sus nombres autóctonos a casi todos los pueblos líbico-bereberes de la zona, con la excepción precisamente de éstos (a los que denomina "lotófagos" al reidentificarlos con ese pueblo mítico del texto homérico) y de los llamados "atlantes", así llamados en alusión al mitológico titán Atlas y a la cordillera norteafricana de ese nombre.

Por lo demás, las costumbres alimenticias de los diversos pueblos de la antigüedad eran uno de los aspectos etnográficos que más chocaban a los historiadores griegos: y así, en otros lugares, se habla de pueblos "ictiófagos" (=comedores de peces), "carpó-fagos" (=comedores de frutos) o incluso de pueblos "antropó-fagos"(=comedores de carne humana). Sobre la capacidad de algunos pueblos bereberes norteafricanos para soportar el hambre "comiendo hierba en vez de trigo" hablan el historiador Apiano (Sobre África, XI,106), que sigue a Polibio, y el romano Salustio (Guerra de Yugurtha, XVIII, 1). Parece pues muy verosímil, en conclusión, que los pueblos que Homero denomina "lotófagos" son los mismos a los que los historiadores y geógrafos posteriores denominan genéricamente "libios"(es decir, los bereberes históricos).

Sin embargo, no hay en realidad en el texto homérico ningún dato o detalle inequívoco que permita identificar sin ninguna duda a los lotófagos con algún pueblo libio y a su país con la costa africana septentrional. No hay alusión alguna, p.e., a la exótica fauna africana, ni tampoco al clima. Lo único claro es que Ulises desembarcó en un punto donde había agua potable, que los habitantes no eran hostiles y que consumían un alimento desconocido en Grecia. A partir de aquí, todo son conjeturas más o menos sugestivas y aparentemente indemostrables. Pero el caso es que los historiadores griegos y romanos nunca dudaron de que el país de los lotófagos estaba en el norte de África, concretamente en lo que hoy denominamos Túnez.

Ahora bien, tomando como punto de partida las propias indicaciones del texto homérico, resulta que -si creemos que en realidad encierra un itinerario marítimo- esas indicaciones no son tan imprecisas que impidan localizar el lugar exacto al que arribaron las naves aqueas empujadas por el viento, pues, si pensamos que la distancia recorrida tuvo que ser -por occidente- "la mayor extensión marítima posible" a partir de la isla de Cítera, es evidente que el punto de destino fue el golfo de Qabes o "pequeña Sirte" (ya que, por oriente, la mayor extensión de mar llega hasta las tierras costeras de Siria, bien conocidas en época homérica). Pero esta interpretación tiene un defecto insalvable, a saber: la imposibilidad de determinar y localizar con exactitud ese primer lugar de arribada, a no ser que los que lo interpretasen dispusieran para ello de mapas y cartografía náutica muy precisa (que ni los griegos micénicos ni los de época arcaica tenían). Sin mapas, en efecto, es imposible dar con ese lugar, puesto que carecemos además de datos precisos sobre la dirección del viento.

Con todo, queda otra posibilidad, la única que permite sostener la hipótesis de que el texto homérico es un mensaje cifrado, y que al mismo tiempo constituye una de las claves para descifrar ese itinerario secreto. Y esta clave es precisamente la latitud. En efecto, sólo la latitud geográfica (que los navegantes griegos de todas las épocas sabían determinar con exactitud mediante la observación de la altura del sol durante el día y de las estrellas durante la noche) puede darnos la localización exacta del punto de llegada que buscamos, y para ello hemos de partir de los datos precedentes, ésto es, de un lugar geográficamente real mencionado en el poema como punto de partida: la isla de Cítera. Si se navega en dirección oeste en línea recta y sin abandonar en ningún momento la latitud de la isla de Cítera, se llega inevitablemente a tropezar con la costa africana, pero no en el golfo de Qabes, sino más arriba, a un punto situado a la misma altura o latitud que Cítera, y que no es otro que el promontorio que los antiguos denominaron "promontorio de Hermea" y que ahora se llama cabo Bon o península de Maouin, al noreste de Túnez, tierras de clima mediterráneo. Es más, si hoy en día hiciéramos esa misma ruta (y la duración de la navegación sería irrelevante, puesto que la distancia podría cubrirse en un tiempo considerablemente menor), si navegásemos en línea recta hacia el oeste desde encima de la isla de Cítera -como Ulises- y manteniendo constantemente la misma latitud (aproximadamente unos 36,5º Norte), llegaríamos a la actual ciudad tunecina de Nabeul, que es el punto exacto donde debió de arribar Ulises, o mejor dicho, donde el texto homérico sugiere que puede llegarse si uno no se aparta de la mencionada latitud (de Cítera).

Evidentemente la ciudad de Nabeul no existía aún, pero sí existirían las condiciones de habitabilidad (agua potable, etc) que con el tiempo propiciaron que los mercaderes fenicios fundaran allí una ciudad-factoría muy helenizada llamada Neápolis (origen del nombre de la actual Nabeul), en la que había ya seguramente un importante asentamiento originario de comerciantes griegos que fueron los que habían dado el nombre a la ciudad, si bien posteriormente fueron tierras sometidas a la hegemonía de la vecina Cartago (por cierto, que el nombre fenicio de Cartago -Qart Hadast- parece ser que significaba también "nueva ciudad"). Y recordemos que ésta es la segunda "Neápolis" (= ciudad nueva) que encontramos en nuestro recorrido (la primera era la Neápolis de Tracia -la actual Kavala-, uno de los dos posibles emplazamientos de la antigua ciudad de Ismaro).

Templo griego en Sicilia

El país de los Cíclopes

Las naves de Ulises, dejando atrás la tierra de los lotófagos, arriban a continuación al país de los cíclopes (del que tampoco se dice expresamente que sea una isla). Eran estos cíclopes unos seres gigantescos y brutales, de un solo ojo en medio de la frente. Ulises y algunos de sus hombres, que habían salido a explorar la tierra y buscar provisiones, caen en poder de uno de ellos, llamado Polifemo, que devora a algunos de los compañeros del héroe, aunque finalmente consiguen engañarle y embarcar de nuevo.

El tema del gigante es también un motivo literario tradicional presente en la narrativa de todas las épocas y países (el héroe que vence o engaña al gigante u ogro). Pero los cíclopes de la Odisea (y en especial Polifemo) pueden interpretarse también en un sentido metafórico y alegórico muy concreto, un sentido en el que lo interpretaron también la mayoría de los poetas grecolatinos de la antigüedad. Según ésto, los cíclopes (con su único ojo) no serían otra cosa que la personificación metafórica y literaria de los volcanes, y el "ojo reventado" de Polifemo sería una metáfora de una erupción volcánica. Así los interpretaba la propia mitología grecolatina (según la cual, los cíclopes habitaban en el interior del volcán Etna, donde fabricaban los rayos de Zeus); el poeta griego Píndaro, que contempló de cerca la actividad volcánica del Etna, en Sicilia, lo describe en uno de sus poemas ("Pítica I ") como una personificación poética del monstruoso gigante mitológico llamado Tifón, aprisionado debajo de la montaña por el dios Zeus en otro tiempo.

Por supuesto que los griegos tenían un cierto concepto físico y "científico" de lo que era un volcán (una montaña que arroja fuego y lava ardiente de su interior), pero este concepto -insuficiente para la exacta descripción y comprensión de este fenómeno geológico- era metaforizado con mucha frecuencia, precisamente para hacerlo más comprensible. El poeta latino Virgilio, que también describe al mítico Polífemo, deja entrever que los cíclopes del Etna son la personificación poético-literaria de la fuerza y potencia destructiva de este volcán (y no olvidemos que incluso nuestro término conceptual de "volcán" procede metafóricamente del nombre del dios latino del fuego: Vulcanus o Volcanus).

Por otro lado, es evidente que incluso nuestro moderno conocimiento de la realidad físico-geológica del vulcanismo (mucho más exacta y científica que la que podía tener un griego o un romano) se nos vuelve completamente inútil e insuficiente si alguna vez hemos tenido ocasión de poder contemplar de cerca una erupción volcánica: sólo entonces nos damos cuenta de que la grandiosidad del fenómeno desborda por completo toda idea conceptual que previamente nos hayamos podido hacer de ello, y su visión nos sobrecoge tanto o más de lo que podía impresionar a un griego antiguo o a un romano. En este sentido, las descripciones poético-literarias y metafóricas son y serán siempre mucho más exactas que los propios conceptos.

Los cíclopes, o más concretamente el cíclope Polifemo, del que los demás cíclopes son meros comparsas en el texto homérico, simbolizan sin duda los volcanes (la propia palabra griega "cíclope" puede traducirse como "(gran) agujero u orificio redondo", "ojo redondo", ésto es, "cráter"). Sin embargo, no creemos -como creyeron la mayoría de los antiguos- que este Polifemo (="muy famoso") fuera el volcán siciliano Etna (téngase en cuenta que todo el fondo submarino de esta zona del Mediterráneo son antiguos volcanes, y algunos -los de las islas Lípari entre ellos- están todavía en actividad, lo que justifica plenamente el nombre de "tierra de cíclopes" para toda esa extensa región suritálica). Pensamos más bien que este volcán que Homero llama "Polifemo" es otra famosa montaña volcánica situada en la propia península itálica y cerca de la costa, pues este volcán no sería otro que el Vesubio.

El texto homérico, que vuelve a ser de nuevo bastante impreciso (aparentemente), dice que Ulises y sus compañeros, una vez abandonada la tierra de los lotófagos, "avanzaron más adelante". Suele traducirse así el término griego protéro, un antiguo adverbio dual cuya significación originaria bien pudo ser algo así como "otro trecho más adelante", "otro tanto" (téngase en cuenta que el vocabulario homérico presenta considerables cambios semánticos con respecto al griego clásico, de manera que se hace difícil en no pocos casos determinar el exacto sentido originario de algunos vocablos y de determinadas expresiones del texto homérico). La expresión vendría a decir que las naves de Ulises, tratando de recuperar la latitud de Ítaca (o incluso sobrepasando esa latitud), avanzaron una distancia más o menos igual (de abajo-arriba) que la recorrida en sentido inverso desde la ciudad de los cicones hasta el extremo de Cítera, de ahí el empleo de ese adverbio de carácter dual.

Pero este dato es todavía insuficiente por sí mismo para determinar la situación del país de los cíclopes. De nuevo tenemos que recurrir a la supuesta clave antes mencionada (la latitud) y buscar un punto que -situado al norte de la tierra de los lotófagos y en línea recta imaginaria siguiendo el citado promontorio- se encuentre exactamente a la misma latitud que la ciudad de los cicones. Y este punto no es otro que la bahía de Nápoles, con el volcán Vesubio al fondo. Con lo cual ya hemos encontrado otra tercera ciudad llamada también Neápolis (actualmente Nápoles), fundada por colonos griegos hacia el 600 a.C., mucho tiempo después de que Ulises visitara estas tierras.

Con ello resulta que hemos confirmado la primera clave articulada, el primer "lógos", de este itinerario secreto, pues no sólo Cítera y la Neápolis (Nabeul) de los lotófagos están a la misma latitud -según hemos visto-, sino que también Nápoles y el Vesubio se encuentran a la misma altura geográfica que la ciudad de los cicones tracios (ya sea ésta la antigua Neápolis o ya sea la antigua Maronea), según el siguiente esquema, que podemos fácilmente trasponer y verificar sobre cualquier mapa de esta zona mediterránea:

Pero es que, además, el punto medio entre Nabeul y Nápoles está situado exactamente a la misma latitud de Ítaca (éste podría ser el significado de la expresión "desde allí nos (sobre)pasamos otro tanto más adelante y llegamos a la tierra de los cíclopes"). Tenemos, pues, dos lugares geográficos conocidos (Ismaro, Cítera) que nos dan la clave para la localización de otros dos desconocidos, o mejor dicho, velados. Por lo demás, la descripción de la tierra de los cíclopes (muy fértil y rica en frutales, viñedos, trigo y cebada) es la propia de una tierra volcánica, que suelen ser especialmente feraces y muy aptas para la agricultura.

Antes de desembarcar en la tierra de los cíclopes, Ulises había estado en una pequeña isla situada enfrente de la costa y a escasa distancia de ésta. El texto homérico hace una descripción detenidamente minuciosa de esta isla (prueba de que se trata de un lugar real, descrito como punto de referencia para localizar sobre el terreno con más exactitud el mencionado país de los cíclopes). Podría tratarse de la isla de Ischia (fertilísima, en la que hubo un asentamiento micénico y que fue colonizada más tarde por los griegos, que le dieron el nombre de Pitecousa, ésto es, "isla de los monos"), o quizá se trata de la islita de Prócida, inmediata a ésta, o tal vez de la vecina isla de Capri ("isla de las cabras"), más pequeña que Ischia, pero para determinarlo con exactitud sería necesario hacer algunas comprobaciones sobre el terreno y con el texto homérico en la mano, para ver cuál de las tres islitas podría ajustarse mejor a esa descripción.

La "tierra de los Cíclopes" es, pues, la rica y fertilísima región de Campania (cuyos habitantes -por cierto- eran del mismo origen étnico que los romanos), una tierra que sería más tarde uno de los puntos más preferidos por la colonización griega, seguramente no por casualidad, sino porque se conocía sobradamente la descripción homérica de estas tierras, y también su principal peligro: la actividad volcánica del Vesubio (se sabe, p.e., que en el siglo VIII a.C. este volcán estaba en actividad, aunque en los siglos siguientes se mantuvo en calma; pero en el año 79 de nuestra Era, como es bien sabido, una súbita erupción destruyó las ciudades romanas de Pompeya y Herculano y otras localidades cercanas, en lo que fue una de las mayores catástrofes naturales de la Antigüedad).

La identificación de Polifemo con el volcán siciliano Etna es posterior, y parece responder a tradiciones locales tardías que con una interpretación interesadamente localista terminaron de borrar la primitiva y auténtica tradición homérica en esta zona. Pero está claro que los colonizadores griegos (o al menos los que los dirigían) sabían bien hacia qué lugares se encaminaban.


La isla de Eolo, la tierra de los lestrigones y la isla de Circe

A partir de aquí, cambian las claves de localización de los lugares del itinerario, acaso porque los episodios siguientes fueron redactados por otros poetas y con otras claves distintas: ¿náuticas?, ¿astronómicas? No lo sabemos. La indicación indirecta de la latitud ya no nos sirve y hemos de considerar otras posibles claves indicadoras que -dada la provisionalidad de este trabajo- hemos de reconocer que aún no hemos encontrado. Nuestras conjeturas quedan, pues, relativamente sueltas, pero en todo caso han de ser tomadas como punto de partida en estudios ulteriores sobre esta cuestión.

Las naves de Ulises llegan a la isla Eolia, la isla de Eolo, dios de los vientos, el cual acoge hospitalariamente a Ulises y a los suyos en su palacio y les entrega un odre o saco en el que están encerrados todos los vientos contrarios. Las naves de Ulises emprenden el regreso empujadas por el viento del oeste; pero cuando ya estaban a la vista de Ítaca, los compañeros de Ulises, intrigados por el contenido del odre, al que suponen lleno de riquezas, lo abren, y se desencadenan acto seguido todos los vientos, que llevan de nuevo las naves a la isla de Eolo. Éste, irritado con Ulises, los expulsa a todos de la isla.

El episodio, connotaciones mitológicas aparte, sirve evidentemente para indicar la distancia de navegación entre la isla Eolia y la isla de Ítaca (otros nueve días con sus noches). Pero sobre la identificación de esta isla Eolia caben al menos dos posibilidades razonables. La primera se basa en una consideración demasiado obvia, pero que a menudo han pasado por alto todos los comentaristas antiguos y modernos (desde el griego Polibio hasta el geógrafo francés Bérard), a saber: que en un Poema que presumiblemente se desarrolla en el Mediterráneo occidental, que constituye de hecho una primera descripción literaria del Mediterraneo occidental, es casi completamente necesario que en él se mencionen las grandes islas mediterráneas (Córcega, Cerdeña, Sicilia, las Baleares...); sin embargo, la mayoría de los comentaristas han preferido identificar las islas míticas del Poema con algunas islitas verdaderamente insignificantes. Personalmente pensamos que la isla Eolia podría ser ni más ni menos que la isla de Cerdeña (pues Córcega y Sicilia, las otras "islas grandes", corresponderían -como veremos- a otras islas principales mencionadas más adelante). Esta posibilidad tiene varios elementos a su favor: la distancia entre su parte meridional (el puerto de Cagliari) y la isla de Ítaca, parece que, en efecto, podría cubrirse en "nueve días" bordeando la costa meridional de Sicilia (al menos es una distancia similar a la que separa la isla de Cítera de la tierra de los lotófagos, distantes también -recordémoslo- "nueve días" de navegación). Por otro lado, en el extremo meridional de Cerdeña hubo un asentamiento en época micénica (en lo que es actualmente el puerto de Sarrok), aunque esta isla apenas tuvo interés comercial ni colonial durante toda la Antigüedad, pues su clima era considerado malsano; sin embargo, los fenicios fundaron algunas colonias en la isla, que durante algún tiempo fue el "granero" de Cartago, siempre en lucha contra las belicosas tribus sardas del interior.

La otra posibilidad, seguida por algunos comentaristas modernos, es identificar la isla de Eolia con la pequeña isla de Pantelaria, situada entre Sicilia y la costa africana. Esta isla, por su especial ubicación, puede calificarse ciertamente como "isla de los vientos" (de hecho, muchas cartas náuticas y portulanos medievales fijan en esta isla uno de los principales puntos de intersección de todas las "líneas de viento" de esta zona). El único inconveniente para esta identificación (teniendo en cuenta el sistema de referencias ya conocido por la distancia entre Cítera y el país de los lotófagos) es que el trayecto hasta Ítaca sería sin duda menor que esos "nueve días", a menos que, prefiriendo la seguridad a la rapidez, se haga bordeando la costa de Sicilia, Calabria y la costa septentrional de Grecia, en cuyo caso sí que son perfectamente admisibles esos "nueve días" de navegación. Pero hay algo más: modernamente se ha comprobado la existencia de corrientes marítimas costeras que bordean todas esas costas mencionadas y que facilitan una navegación bastante segura desde Italia a Grecia, y tales corrientes seguramente no eran desconocidas para los navegantes antiguos (en este caso la metáfora del odre de los vientos podría sugerir precisamente que la navegación en esta zona podía hacerse sin ayuda del viento, sino sólo con la corriente).

La identificación de la isla de Eolo con alguna de las islas Lípari (tradicionalmente llamadas "Eolias") ha sido también muy socorrida, pero nos parece una reinterpretación "a posteriori" del texto homérico y procedería de alguna tradición localista de época romana (que en todo caso lo único que demuestra es que había una cierta y vaga convicción de que las tierras itálicas, tan parecidas a las griegas en muchos aspectos, habían sido efectivamente el escenario de los viajes odiseicos).

Desde la isla Eolia, y al cabo de "seis días" de navegación, la flotilla de Ulises llega al puerto de Telépilo (="puertas lejanas"), la capital de los feroces lestrigones, un pueblo salvaje y antropófago en el que no encuentran precisamente una hospitalaria acogida: los lestrigones aniquilan a la mayor parte de los compañeros de Ulises, y sólo la nave de éste consigue escapar.

La identificación de estos míticos lestrigones es problemática. Se trata, sin duda, de un país situado mucho más al norte de los hasta ahora vistos (en el relato hay incluso algunas referencias a la mayor duración de las noches, lo cual podría indicar que se trata de una latitud más septentrional, aunque quizá pretende indicar tan sólo que esa etapa del viaje tuvo lugar en invierno). Si consideramos que la isla Eolia es la isla de Pantelaria, los "seis días" de navegación (de acuerdo con el sistema de distancias ya mencionado) nos llevan a las costas de la Toscana, tal vez al estrecho que separa la isla de Elba de la costa itálica (aunque otros han supuesto que se trataría más bien del estrecho de Bonifacio, entre Córcega y Cerdeña). La localización del puerto, muy bien descrito en el relato, exigiría una comprobación de visu sobre el terreno.

Pero si consideramos que la isla Eolia es Cerdeña, los "seis días" de navegación nos llevan bastante más arriba, al punto más septentrional que alcanzan las aguas mediterráneas en esta zona: el golfo y el puerto de Génova (sin descartar tampoco los cercanos puertos de Savona, La Spezia y otros). Estas tierras estaban habitadas desde la más remota antigüedad por los ligures, gentes de constitución robusta a las que acaso les viene bastante apropiado el calificativo de "gigantes" o "forzudos" que el texto homérico aplica a los mencionados lestrigones.

Ulises y Circe (cerámica griega)

Desde allí, la nave de Ulises, la única que se libra del desastre, arriba a la isla de la maga-bruja Circe, la isla Eea, que bien pudiera ser la isla de Córcega. El nombre latino de esta isla de belleza salvaje era Cór(si)ca, seguramente derivado del nombre autóctono que le daban sus naturales, y presenta incluso ciertas similitudes fonéticas con el nombre de la mencionada maga (en griego, Kirke o Kirka); el nombre helénico de la isla era Kyrno. Ahora bien, la identificación de la isla de Circe con Córcega requeriría también algunas comprobaciones adicionales sobre el terreno: por ejemplo, la difícil posibilidad de que desde la mayor altura de esta isla (el monte Cinto, de 2710 metros de altitud) pueda verse perfectamente el contorno marino de ella, tal como Ulises pudo comprobar. Tampoco podemos decir si la isla de Córcega puede responder al calificativo (siempre relativo) de "poco elevada", que le da el texto homérico. Acerca de la presencia de animales "salvajes" (cosa que debía de sorprender a todo forastero), el historiador Polibio (XII, 3) da una explicación bastante satisfactoria: "Como la isla está cubierta de árboles y llena de precipicios y barrancos, los pastores no pueden seguir a sus rebaños cuando están pastando. Aunque si hallan un lugar de buenos pastos y quieren llamar allí a su ganado, tocan una trompeta, y al momento acuden al son de la de su propio pastor, sin equivocarse. Y cuando alguien arriba a la isla y ve a las cabras y bueyes pastando solos, si intenta atraparlos, como no están acostumbrados a dejar aproximar a la gente, emprenden la huida. He aquí por qué parecen salvajes los animales de esta isla".

Los versos que aluden a la situación oriental de esta isla están evidentemente interpolados, y se trata seguramente de versos añadidos en una época en que se había perdido ya el sentido latente de las referencias geográficas del Poema. El episodio del descenso de Ulises a los infiernos y su regreso de nuevo a la isla de Circe no lo vamos a comentar aquí, porque consideramos (como lo considera también -desde el punto de vista estilístico- la crítica moderna) que se trata asimismo de un episodio posterior incorporado a los núcleos originarios, y por tanto desconectado completamente del sistema de referencias de este supuesto itinerario secreto que comentamos; de hecho, el texto de ese episodio presenta algunas dificultades insalvables, pues se habla -por ejemplo- de que Ulises es llevado desde la isla de Circe hasta la tierra del Hades empujado por el viento del norte (?), o sea en dirección sur, lo cual no armoniza bien con los datos vistos hasta ahora.

Hay que tener en cuenta que la Odisea, tal y como hoy la conocemos, fue compuesta a lo largo de diversas épocas. En realidad, podemos hablar de al menos cuatro "Odiseas" distintas: una "Odisea antigua", que estaría formada por dos poemas originariamente independientes ("El viaje de Odiseo" y "La matanza de los pretendientes"), sin duda bastante más reducidos que los actuales; una "Odisea homérica", formada sobre todo por el marco narrativo de las aventuras de Ulises y la estancia de éste entre los feacios (el autor o autores de esta parte unieron con nuevos versos las dos partes primitivas originarias, con un estilo más descriptivo que el anterior); una "Odisea reciente", a la que pertenecen el mencionado episodio del descenso a los infiernos, las aventuras individuales de Telémaco y diversas acciones paralelas e intervenciones divinas (las "costuras" son múltiples y a menudo muy evidentes); y una "Odisea ampliada", formada por el canto XXIV, por descripciones superfluas, por mitologías añadidas y por abundantísimas repeticiones de fórmulas métricas y numerosos versos intercalados por todo el Poema. Obviamente, la parte de la que nos ocupamos (el viaje de Odiseo) pertenece a la Odisea antigua, pero a menudo no es fácil detectar los numerosos elementos posteriores insertados por la propia transmisión oral. En el conjunto del poema odiseico hay, por tanto, varias "geografías superpuestas", y es ello precisamente lo que mejor puede explicar las aparentes contradicciones en los datos geográficos.


Ulises y las sirenas (mosaico romano)

La isla de las sirenas; Escila y Caribdis; la isla del Sol; la isla Ogigia: fin del trayecto

Siguiendo las instrucciones de Circe, Ulises debía optar por uno de estos dos caminos para regresar a su patria: atravesar las volcánicas islas Lípari ("las Rocas Erráticas") y navegar entre Sicilia y África, o bien atravesar el estrecho de Mesina, que separa Sicilia de Italia. Ulises pasa delante de la isla de las Sirenas (posiblemente la isla Strómboli, la más septentrional de las Lípari) y resiste los encantos de estos seres femeninos con cuerpo de pájaro (el peligro real que representaban eran seguramente los arrecifes); deja a un lado las islas Lípari (los "vapores" volcánicos a los que alude el texto) y se dispone a atravesar el estrecho de Mesina, superando -no sin dificultades- los peligros de dos seres monstruosos apostados a ambos lados del estrecho: Escila y Caribdis. Se ha pensado que el propio nombre de Scila podría estar relacionado con S(i)cil(i)a. La tradición grecolatina, que identificaba a estos dos monstruos legendarios con los peligros que presentaba la navegación por dicho estrecho en determinadas épocas del año, no está tal vez del todo infundada (recuérdese además que en la Antigüedad se navegaba preferentemente en verano y en otoño, evitando el invierno o la primavera); algunos suponen que Escila puede ser también una personificación del volcán Etna, y otros piensan que podría tratarse de un verdadero monstruo marino (un calamar gigante o similar), pero no está comprobada la existencia de tales "monstruos" en el Mediterráneo (ni siquiera en el Atlántico). En cualquier caso, el estrecho de Mesina era el paso obligado para volver a Grecia, una vez descartado el camino emprendido en el viaje de ida.

Tras pasar el estrecho, la nave de Ulises arriba inmediatamente a la costa siciliana, a la "isla de Helios (el Sol)". La identificación con Sicilia es también muy antigua (la isla del Sol es llamada en los textos homéricos "isla Trinacria", ésto es, "de tres puntas o promontorios", posible alusión a la figura idealmente triangular de esta isla). El hecho de que la isla de Sicilia (llamada también Sicania) sea bien conocida en otros pasajes de la Odisea (por ejemplo en el canto XXIV, 307) no constituye una objección contra esta hipótesis, dado que esos pasajes en los que se menciona son evidentemente muy posteriores en su composición a los de ese núcleo originario del poema homérico (cantos IX, X y XII), y fueron añadidos cuando ya se habían perdido -evidentemente- las referencias mítico-geográficas del relato y la existencia de la isla de Sicilia era bien conocida.

En esa "isla del Sol" (posiblemente a la altura de la actual Thapsos, donde hubo un asentamiento micénico), Ulises y los suyos permanecen retenidos durante bastante tiempo, ya que no soplan vientos favorables (según el geógrafo Estrabón, los marineros de Sicilia sabían deducir de los fenómenos volcánicos los vientos que iban a soplar al cabo de los días); los compañeros de Ulises, imprudentemente, devoran las vacas de este dios, que pacían libremente por la isla, por lo que el castigo divino no se hace esperar: tras abandonar por fin la isla, una tormenta destruye la nave y perecen todos sus tripulantes, excepto Ulises, que logra agarrarse al mástil del navío y permanecer a flote.

Respecto a las "vacas del Sol" se han dado muy diversas explicaciones racionalizadoras, ninguna de ellas excluyente de las demás. Sin duda aluden de alguna forma a la riqueza y fertilidad de la isla (Sicilia fue de hecho uno de los puntos favoritos de la colonización griega posterior, en abierta competencia comercial y bélica con los cartagineses y con los propios indígenas sículos del interior); pero pensamos que en el texto y en el contexto homérico estas "vacas del Sol" aluden seguramente a alguna constelación celeste (de hecho la expresión "devorar -comerse completamente- las vacas del Sol" puede interpretarse en el sentido de que navegaron tan lejos hacia occidente que determinada constelación, bien visible en otras latitudes, se perdía de vista y se escondía en el mar). Pero no sabemos a qué constelación en concreto pudiera referirse. Las referencias a rebaños de vacas o bueyes son muy frecuentes en la mitología helénica antigua (por ejemplo: las vacas de Hades, las rojizas vacas de Gerión, etc) y parece muy verosímil suponer que aludan en realidad a antiguos nombres de constelaciones; lo mismo hay que suponer tal vez respecto al mítico pueblo de los etíopes orientales y occidentales, denominación que posteriormente se aplicó a los pueblos africanos de raza negra, aunque su significado pre-homérico originario parece haber sido no el de "rostros quemados (por el sol)", sino el de "brillantes", "chispeantes", "encendidas", alusivo a las estrellas de determinadas constelaciones (en todos estos casos se trataría de antiguos nombres griegos -prehoméricos y quizá micénicos- de las constelaciones principales, utilizados sobre todo por los marinos, y que luego cayeron en desuso y fueron olvidados y sustituidos por otros nombres mitológicos o por nombres procedentes directamente de la avanzada astronomía mesopotámica). Se ha sugerido también, p.e., que los propios nombres de las constelaciones del Zodiaco (que son la traducción de nombres babilónicos) tuvieron quizá sus propias denominaciones helénicas populares en mitos tales como el de "los doce trabajos de Heracles" (así, p.e., Capricornio = jabalí; Géminis = yeguas; Cáncer = cinturón de las amazonas; Acuario = Heracles corriendo, etc).

Desde allí, Ulises vaga a la deriva durante otros nueve días, hasta que llega a la isla Ogigia (nombre mítico convencional) en donde habita la diosa-ninfa Calipso, que se enamora de él y le retiene durante varios años. La situación geográfica de la isla de Calipso o isla Ogigia es un tanto problemática a primera vista. Pero la referencia a los "nueve días" que tardó Ulises en llegar a ella desde Sicilia, así como los "dieciocho días" empleados en recorrer el trayecto inverso hasta alcanzar las costas griegas, y el dato míticogeográfico de que la ninfa Calipso sea "hija de Atlas" (el mítico gigante que sostenía la bóveda celeste en las tierras más occidentales), hace necesario situarla hacia el extremo occidente mediterráneo, en un punto alejado en el que puedan verificarse esas dos mencionadas referencias itinerarias de los nueve y los dieciocho días. Y este punto no puede ser otro que alguna de las islas Baleares, seguramente la isla de Ibiza, cuya descripción como "isla poblada de árboles" parece que se ajusta bastante bien al nombre que le dieron sus posteriores colonizadores cartagineses: Ebussus o "isla de los pinos" (de hecho, el propio nombre de Kalypso parece proceder de un término grecopúnico Kali-ebussos, "hermosa Ebussos":
Kali-busso > kalib(u)sso > Kalipso, aunque coincida también con una raíz griega que significa "esconder", "ocultar").

Ulises, después de ocho años de estancia obligada en la isla, construye una balsa y parte rumbo a su patria siguiendo instrucciones náuticas y astronómicas muy precisas que le da la ninfa. A los diecisiete días de navegación alcanza la tierra de los feacios, Esqueria (=continente), que le acogen hospitalariamente y le facilitan los medios para llegar hasta la vecina Ítaca. La tradicional identificación de la tierra de los marineros feacios con la isla de Corcira (Corfú) no parece que pueda sostenerse de acuerdo con los textos; más bien hay que pensar que se trata de la costa del Epiro, en el noroeste de Grecia.

Pero acaso una de las localizaciones que más problemas ha planteado y plantea a los comentaristas más escrupulosos del texto homérico es la identificación exacta de la propia isla de Ítaca, la patria de Ulises. Tradicionalmente se la ha venido identificando, desde la Antigüedad hasta nuestros días, con la isla que hoy se llama Teaki, nombre derivado de ese antiguo nombre homérico (de hecho esa identificación está apoyada por algunos pasajes del Poema, generalmente tardíos: p.e. IV, 844-847). Pero el caso es que en dicha isla no se han encontrado restos micénicos apreciables, ni -por supuesto- el propio palacio de Ulises (cuyas ruinas, si es que están allí, se encontrarían en todo caso debajo de la ciudad actual). Sin embargo, hay cierto pasaje en el texto homérico más antiguo que, bien traducido, tal vez podría servir para aclarar esta problemática cuestión. El pasaje (IX, 20 y ss.) se refiere a la Ítaca homérica y a las islas vecinas, y dice lo siguiente:

"Soy Odiseo Laertíada, bien conocido de los hombres por mis astucias de toda clase; por algo mi fama llega hasta el cielo. Y soy de Ítaca, que se vé bien en días despejados. En ella está el monte Nérito, frondoso y muy eminente, y hay en las proximidades varias islas habitadas muy cercanas entre sí: Duliquio, Same y la boscosa Zacinto; la mía, cercana a tierra firme, reposa sobre el salado mar la más septentrional hacia poniente, mientras que las otras, un tanto apartadas, se hallan situadas hacia el levante y mediodía del sol. Es áspera, pero cría buenos mozos".

De este texto se deduce que la isla de Ítaca no puede ser la actual Teaki, pues ésta última sería en realidad la isla llamada Duliquio (=alargada), mientras que la isla denominada Same podría ser la actual Cefalonia (cuya ciudad principal -por cierto- se llama precisamente Samos), y la isla de Zacinto correspondería a la actual Zante. Entonces ¿cuál de las islas jónicas es la Ítaca de Homero? Evidentemente sólo puede ser la isla de Léucade, como ya sospecharon algunos, muy cercana al continente y "bien visible (desde éste) en días despejados", según se dice en el propio texto homérico.

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Con ésto terminamos este estudio provisional sobre la realidad del viaje odiseico, un estudio preliminar que necesariamente tendría que ser ampliado con el análisis de nuevos datos y de material fotográfico descriptivo, y sobre todo con observaciones (náuticas, astronómicas, geográficas, etc) realizadas sobre el terreno.

Que el "viaje de Ulises" descrito en la Odisea fue decisivo para el posterior movimiento colonizador de los griegos en el Mediterráneo occidental es evidente y está fuera de toda duda, pues la colonización griega (750-550 a.C.) se llevó a cabo en las mismas tierras que en lenguaje mítico y arcaico describe el Poema, que también alude (en sus partes más recientes) a los principales competidores de los griegos en la colonización mediterránea: los fenicios (que habían sucedido a los griegos micénicos en el dominio del espacio comercial del Mediterráneo); estos "nómadas del mar", que incluso llegaron a circumnavegar el continente africano en una expedición financiada por el faraón egipcio Necao (609-594 a.C.), también ocultaron a los demás pueblos sus rutas marítimas y sus descubrimientos geográficos (que sólo pasaron a sus herederos más directos, los fenicios de Cartago, pero que en su mayoría se perdieron tras la destrucción de la capital cartaginesa por los romanos).

En la época de la colonización griega, el viaje mediterráneo de Odiseo ya no era ningún secreto, y había además un convencimiento general de que dicho viaje se había llevado a cabo por estas tierras (la propia corrupción oral del nombre de Odiseo en Ulises tuvo lugar precisamente en estas tierras itálicas, y seguramente por obra de los propios marinos helénicos allí instalados).

Hoy, la realidad de ese mítico viaje, la comprobación de ese itinerario, es bastante fácil de verificar, y desde luego no nos llevaría a mundos misteriosos, a historias de naufragios, sirenas y delfines, a tesoros ocultos y a maravillas capaces de enloquecer a los hombres; pero, más allá del mero recorrido turístico, el viaje por nuestro mar, por el Mediterráneo, siguiendo la ruta milenaria de aquel aventurero, pirata e impostor llamado Odiseo/Ulises, puede ser todavía una aventura apasionante.

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Addenda

(Poema de Konstantino Kavafis, poeta griego contemporáneo, 1863-1933, en una traducción bastante buena que circula por ámbitos académicos pero de la que ignoramos su procedencia)

 

           ÍTACA

           Cuando emprendas la partida hacia Ítaca,
           pide que sea largo el camino,
           lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
           A los Lestrigones y a los Cíclopes,
           al furioso Poseidón no temas,
           en tu camino jamás los encontrarás así,
           si permanece tu pensamiento alto, si una depurada
           emoción roza tu cuerpo y tu espíritu.
           A los Lestrigones y a los Cíclopes,
           al salvaje Poseidón no te encontrarás,
           si no los llevas dentro de tu alma,
           si tu alma no los yergue ante tí.

           Pide que sea largo el camino.
           Que muchas sean las mañanas de estío
           en que con qué placer, con qué alegría
           entres en puertos antes nunca vistos;
           detente en mercados fenicios
           y compra hermosos objetos,
           nácares y corales, ámbares y ébanos,
           voluptuosos perfumes de todo tipo,
           voluptuosos perfumes cuantos puedas;
           a ciudades egipcias ve a muchas,
           aprende y aprende de los sabios.

           Ten siempre en tu mente a Ítaca.
           Llegar allí es tu destino.
           Pero no apresures el viaje en absoluto.
           Mejor que muchos años dure,
           y viejo ya arribes a la isla,
           rico con cuanto ganaste en el camino,
           sin esperar que Ítaca te dé riqueza.

           Ítaca te dio el hermoso viaje.
           Sin ella no habrías emprendido el camino.
           Pero no tiene otra cosa que darte.

           Aunque pobre la encuentres, Ítaca no se burló de tí.
           Sabio así como terminaste, con tanta experiencia,
           sabrás ya qué significan todas las Ítacas.


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La diosa Atenea, protectora de Ulises
La diosa Atenea
greca romana